Yacyretá: Energía que duele

La elevación de la cota definitiva de la represa Yacyretá abre el debate sobre los impactos ambientales y sociales que ha generado la construcción de la misma. Organizaciones ambientalistas denuncian pérdida de bosques, desplazamientos forzosos y aniquilación de peces.

La represa de Yacyretá se encuentra 320 kilómetros al sudeste de Asunción y a 250 al Este de la ciudad de Corrientes, enclavada en la zona conocida como los Rápidos de Apipé. El 3 de diciembre de 1973 se firmó el tratado mediante el cual Argentina y Paraguay se comprometieron a emprender en común la obra. Para ello se fundó la Entidad Binacional Yacyretá (EBY), a la que se le asignó capacidad jurídica y responsabilidad técnica para realizar los estudios y proyectos necesarios.

La construcción comenzó el 7 de diciembre de 1983 y su inauguración fue el 7 de julio de 1998 por los presidentes Carlos Menem y Juan Carlos Wasmosy de Paraguay. El 25 de febrero de este año Cristina Fernández y su par paraguayo Fernando Lugo dieron inauguración de la elevación de cota definitiva.

Del presupuesto final de 11.000 millones de dólares, 7.000 corresponden a costos financieros y otros 1.000 a estudios de consultoría. Todavía se ignora el paradero de 1.870, a pesar de las numerosas investigaciones que se han hecho. Funcionarios del EBY han sido investigados y condenados por malversación y de fondos y especulación con información privilegiada. Incluso el ex presidente Menem la llamó “un monumento a la corrupción”.

Desde el inicio de su construcción, la población misionera, correntina y paraguaya se manifestó en contra del proyecto por los riesgos ambientales que implicaba. En 1996, se realizó un plebiscito en Misiones donde el 88% de la población se manifestó en contra de la construcción de la represa de Corpus, proyecto que luego no se concretó pero sirve para entender el clima en la provincia.

“Yacyretá tiene todos los peores defectos ambientales y sociales que no deben repetirse en ningún proyecto hidroeléctrico más. Nunca escuché que hayan hecho algún estudio de impacto ambiental. Es uno de los casos más notables de lo que no se debe hacer. Significó años de sufrimiento de mucha gente y nadie volvió a recuperar la calidad de vida que tenía antes”, sostiene Raúl Bregagnolo, presidente del Grupo Ecologista Cuña Piru.

La construcción de la represa significó la pérdida de millones de hectáreas de bosques, muchas de ellas abandonadas bajo el agua y en descomposición. Sumado a la destrucción del habitat de miles de especies de flora y fauna que vivían en la zona. Si bien se plantea a la energía hidroeléctrica como una fuente no contaminante, todas las represas emiten gases de efecto invernadero, que aportan al calentamiento global por la putrefacción de la biomasa. “Se miente cuando se dice que es una energía limpia. Contribuye al cambio climático y tiene altos costos ambientales”, afirma el ingeniero Raúl Suárez Montórfano de la ONG M´Biguá.

Sumado a ello, las aguas estancadas generan o por lo menos ayudan a propagar enfermedades como la esquistosomiasis, disentería, diarreas, viruela, erupciones en la piel, tuberculosis, sífilis, fiebre amarilla, dengue y leishmaniasis. Además, las líneas de transporte de energía pueden causar malformaciones físicas al nacer, cáncer, tumores cerebrales y problemas en el sistema nervioso.

“Los índices de desnutrición y malnutrición en las provincias que alojan la represa no son buenos. Los padres no tienen dinero por la falta de trabajo y lógicamente eso impacta en los hábitos alimenticios”, revela Jorge Cappato, director general de la Fundación Proteger.


Un impacto social y económico

La construcción del embalse de la represa causó el desplazamiento de más de 80.000 ciudadanos argentinos y paraguayos, alterando el estilo de vida de más de tres generaciones de personas. Miles de casas fueron demolidas y sus habitantes que solían vivir cerca del río fueron trasladados a más de 10 kilómetros del mismo, alterando sus actividades económicas y provocando el doloroso desarraigo.

“No sólo se trata de cuánto dinero le dan por su propiedad a estas personas, sino cómo le solucionan su vida que solía basarse en ciertos elementos básicos que les fueron quitados. Es un cambio en su modo de vida”, expresa Bregagnolo.

Organizaciones ecologistas de Corrientes y Misiones revelan que la actividad pesquera y la construcción de ladrillos, dos de los principales oficios de la zona, descendieron abruptamente. El río solía ser el centro de la vida de la comunidad y ahora al haber sido mudados a la fuerza los “refugiados ambientales” perdieron su principal fuente de ingresos y alimento.

“Fueron afectados campesinos cuyas tierras quedaron inundadas y comerciantes cuyos locales quedaron en ruinas. Se destruyeron miles de puestos de trabajo a pequeña escala para proveer energía a los grandes centros urbanos”, describe Cappato.

El Brete, un ejemplo de resistencia

El barrio El Brete solía estar en Posadas, Misiones pero con la construcción de Yacyretá quedó totalmente inundado y los vecinos fueron trasladados a más de 10 kilómetros de toda zona urbanizada. El punto de reunión de todos sus habitantes fue siempre el club, en el cual invirtieron dinero para ir construyéndolo de a poco. Sin embargo, este también quedó bajo agua.

Al ver como otros barrios iban desapareciendo y sus vecinos también eran trasladados, los integrantes del club decidieron movilizarse para enfrentarse al desalojo. Así, se manifestaron en espacios públicos de Posadas e incluso llegaron a permanecer encadenados durante seis meses en la plaza principal como signo de protesta.

Silvio Orlando Albarenga es el presidente del club y uno de los vecinos que más ha sufrido el desarraigo. El 5 de noviembre del año pasado fue desalojado de su casa por 300 efectivos de Gendarmería, Prefectura y la Policía luego de vivir seis meses con el agua hasta las rodillas ante la negativa de abandonar su domicilio y trasladarse a un nuevo hogar.

“Hoy como relocalizado vivo en un lugar en el que no soy feliz. Me destruyeron la vida y extraño mucho mi casa. Nos llevaron a un predio muy lejos de la ribera que estaba en un total abandono” afirma Albarenga.

La pesca quedó en el pasado

En la porción de la cuenca del río Paraná donde se asienta la represa existen importantes poblaciones de peces que a lo largo de su ciclo de vida necesitan realizar repetidas y extensas migraciones. Para ello, se incorporaron dos sistemas de transferencia que permitirían que cantidades variables de diferentes especies prosigan con su migración aguas arriba del embalse.

Sin embargo, estudios ambientales revelaron que este sistema de ascensores no funcionó. Los peces no se crían en el embalse y no encuentran el alimento necesario para sobrevivir, lo que lleva a la disminución de la biomasa total de especies.

“Yacyretá causó daños irreversibles en la vida del río Paraná. Las islas, humedales, esteros y bañados son gigantescos criaderos de peces que significan muchas toneladas de alimento pero a partir de la construcción del embalse ya no están más. Los altos ingresos por la pesca deportiva también quedaron en el olvido”, concluye Cappato.

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Acerca de ferminkoop
Periodista y especialista en cambio climático y ambiente

One Response to Yacyretá: Energía que duele

  1. castlefilms says:

    Hemos presentado este corto al concurso ecológico “LA LUCIÉRNAGA FUNDIDA” y necesitamos vuestra ayuda. Lo que tenéis que hacer es ver este vídeo desde YouTube y poner comentarios y votos positivos para que podamos pasar a la final. ¡Muuuchas gracias!

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